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Sylvia Beach, el alma tras la legendaria librería Shakespeare and Company

La librera Sylvia Beach creó un refugio en París para escritores como Ernest Hemingway, Henry Miller o James Joyce. Su vida y obra son un sincero homenaje al amor por los libros. Repasamos la huella de Shakespeare and Company en la historia de la literatura.

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La librería parisina Shakespeare and Company en su ubicación actual. / Peter Nijenhuis CC BY-NC-ND 2.0

Era el poeta catalán Joan Margarit quien decía aquello de que “la libertad es una librería”, y en el caso de Shakespeare and Company la definición no podría ser más acertada. Aquel punto de encuentro ideado por Sylvia Beach en París fue librería, pero también biblioteca y, sobre todo, refugio, estafeta y hasta una suerte de embajada apócrifa en la capital francesa. Por allí pasó lo más granado de la literatura estadounidense de entreguerras: Ernest Hemingway, Francis Scott Fitzgerald, Ezra Pound o Henry Miller. La generación que Gertrude Stein llamó “perdida” estableció en Shakespeare and Company el epicentro de una revolución artística que cambiaría la literatura del siglo XX. 

Ni el Ulises de Joyce ni París era una fiesta de Hemingway hubieran sido posibles sin la figura imprescindible que manejaba los hilos de la librería –y de la comunión literaria y cultural anglofrancesa–. Nacida en Baltimore en 1887, Sylvia Beach fue un personaje único, una militante de la palabra que dedicaría su vida al servicio de la literatura, incluyendo la edición y la publicación –probablemente a costa de mucha paciencia– de aquella novela para la que Joyce no encontraba editorial. A París llegaría tras una adolescencia nómada y su paso como voluntaria de la Cruz Roja durante la Primera Guerra Mundial. 

La capital francesa se había convertido en el faro cultural de Europa tras el fin de la contienda. Poco antes, paseando por sus calles un día de 1917, Sylvia se topó con la librería La Maison des Amis des Livres y conoció a su dueña, Adrienne Monnier. Aquel encuentro con la que sería su referente en el oficio y su pareja durante varias décadas lo cambió todo. Las librerías de ambas –Shakespeare & Co abriría sus puertas en noviembre de 1919 gracias a la insistencia y asistencia de Monnier– coexistieron durante años en la Rive Gauche, incluso en la misma calle, Rue de l’Odeon.

Por allí desfilaron la plana mayor de los escritores anglosajones que buscaban refugio en París, aprovechando que la literatura norteamericana empezaba a gozar de gran interés para el público francés. También eran habituales de la librería autores como André Gide, Paul Valéry o Jules Romains. Lejos de ser competencia, ambas librerías convivieron y funcionaron como algo mucho mayor que la venta de libros. Entre los principios fundacionales contemplaban también el préstamos de ejemplares.

Adrienne Monnier lo cuenta así en Rue de l’Odéon, memorias de La Maison des Amis des Livres: “Nuestra primera idea era —y sigue siéndolo— que el verdadero comercio de la librería englobara no solo la venta, sino también el préstamo, y que ambas operaciones se ejerciesen en paralelo. Resulta casi inconcebible comprar una obra sin conocerla”.

Entre la lista de clientes ilustres, el mejor, según la propia Sylvia, fue Hemingway. En sus memorias, la librera recuerda que el autor de Por quién doblan las campanas logró parar toda la actividad de Shakespeare & Co en su primera visita, mientras se sacaba zapatos y calcetines para enseñar las cicatrices que se había hecho en el frente italiano. En julio de 1918, Hemingway resultó gravemente herido por un golpe de mortero austríaco en las trincheras de la orilla del río Piave, durante el ocaso de la Primera Guerra Mundial. Aquel incidente le sirvió de inspiración para otra de sus obras más conocidas, Adiós a las armas.

La admiración entre el escritor y la librería era mutua. El propio Hemingway dedicó un pasaje a la librería y a su autora París era una fiesta, aunque de aquella presentación inicial el escritor guardaba un recuerdo ligeramente diferente: “La primera vez que entré en la librería estaba muy intimidado y no llevaba encima bastante dinero para suscribirme a la biblioteca circulante. Ella me dijo que ya le daría el depósito cualquier día en que me fuera cómodo y me extendió una tarjeta de suscriptor y me dijo que podía llevarme los libros que quisiera”. 

“Shakespeare and Company era un lugar caldeado y alegre, con una gran estufa en invierno, mesas y estantes de libros, libros nuevos en los escaparates, y en las paredes fotos de escritores tanto muertos como vivos. Las fotos parecían todas instantáneas e incluso los escritores muertos parecían estar realmente en vida. Sylvia tenía una cara vivaz de modelado anguloso, ojos pardos tan vivos como los de una bestezuela y tan alegres como los de una niña, y un ondulado cabello castaño que peinaba hacia atrás partiendo de su hermosa frente y cortaba a ras de sus orejas y siguiendo la misma curva del cuello de las chaquetas de terciopelo que llevaba. Tenía las piernas bonitas y era amable y alegre y se interesaba en las conversaciones, y le gustaba bromear y contar chistes. Nadie me ha ofrecido nunca más bondad que ella”, describió Hemingway. 

En 1922 Beach publicó Ulises, después de que muchos otros editores la rechazaran por considerar obscenos algunos de sus pasajes. Además de la edición y de asumir los costes de la impresión –con la dificultad añadida de trabajar con los tipógrafos franceses que no sabían nada de inglés–, la librera se hizo cargo de las necesidades del escritor, que no dejaba tampoco de toquetear el manuscrito, cambiar capítulos y reescribir partes de la obra. Las primeras mil copias de esa primera edición se vendieron exclusivamente en Shakespeare and Company. En Biblio, tenemos varias de copias de la primera edición del Ulises

Detalle de la primera edición del Ulises de Joyce en el que figura Shakespeare and Company como editorial.

Sylvia también asumió la publicación de otra obra de Joyce, Pomes Penyeach (1927), poemario traducido en español con el título de Poemas manzanas, y Our Exagmination Round His Factification for Incamination of Work in Progress, de Samuel Beckett (1929). 

La meca literaria de Shakespeare and Company terminó en 1941, con la ocupación alemana de París. Su nacionalidad y su filiación judía pusieron a Beach en el punto de mira del ejército invasor y la puntilla definitiva la dio un oficial nazi que intentó comprar una copia de Finnegan’s Wake, una novela cómica publicada por James Joyce en 1939. Al parecer, Beach se negó a vendérselo. Dos semanas después el militar alemán regresó para tratar de comprarlo de nuevo y, ante la negativa de la librera, le anunció que todos sus bienes serían confiscados. Con ayuda de varios amigos, consiguieron guardar todos los libros, fotografías y muebles. 

No obstante, la librería cerró sus puertas para siempre y Sylvia fue detenida por los nazis y llevada a un campo de internamiento, donde pasó seis meses. En sus memorias, la librera recordaba así la vuelta a París: “Todavía había tiroteos en la Rue de l’Odeon y ya empezábamos a estar hartos de los alemanes, cuando un día subió por la calle una hilera de jeeps y pararon frente a mi casa. Oí una voz muy fuerte que gritaba: ‘¡Sylvia!’. Y todo el mundo en la calle empezó a gritar: ‘¡Sylvia!’. ‘¡Es Hemingway! ¡Es Hemingway!’, gritó Adrienne. Bajé corriendo y chocamos con estrépito. Me cogió, me hizo dar varias vueltas en el aire y me besó, mientras la gente que estaba en la calle y en las ventanas nos vitoreaban”.

Una de las ediciones más recientes de las memorias de Sylvia Beach.

Sin embargo, todavía queda en París otra Shakespeare & Co, un lugar de peregrinación obligatorio para cualquier turista. Sylvia Beach murió en 1962 y el fondo y el nombre de la librería original pasaron a manos de un americano inquieto llamado George Whitman. El nuevo establecimiento abrió sus puertas en el barrio de St-Germain-des-Près, frente al río Sena y con vistas a Notre-Dame. A la generación perdida la relevaron los beatniks, que acabaron recalando en la nueva Shakespeare and Company con la misma voluntad que sus predecesores. Por allí pasaron Allen Ginsberg, Gregory Corso, Ray Bradbury, pero también autores como Anaïs Nin o Julio Cortázar. Aquel proyecto que con tanta ilusión inauguró Sylvia Beach en 1919 sigue desde entonces reforzando la idea de que existe una comunidad unida por el amor a los libros, al olor al papel y el vínculo imprescindible entre librero y lector.

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